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El humo de los camellos danzaban en espiral hacia las lamparas a eso de las 4 de la madrugada. Un halo de sobriedad se columpiaba bajo los ojos. Entre más pasaban las horas sin dormitar más arremedaba el tiempo injusto en remarcar con crayolas negras su lado ufano y raquítico. Cuando muchos dormían nuestra amistad florecía como una amapola nocturna. Otros bebían mientras nuestros lápices bailaban y hacían el amor entre los papeles de entrega de fin de cursos. Teníamos de fondo a Demian Rice, a Yann Tiersen, a Cohen o a Serrat. Un cliente de mensajería hacía de correveydile en turno nocturno. ¿Quién diría que diseñar era para humanos? Nosotros nos dedicábamos a fluir mas allá de nuestras manos.

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Acerca de Alejandro Zamora

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