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Arribo.

Abrirme el corazón con unas tenazas, hundirle, perforarme el tórax a favor de los nombres, verterme las naves a la boca cual cáliz menester y presuroso, insaciable. Joderme el alma por capricho, enmarañame el futuro con su risa, resquebrajarme las manos en su cabello, atrevimiento sonoro y pueril. Podrirme, ebrio y enfermo del éter, hastiado de andar entre nubarrones. Orillarme a blasfemar sobre el olvido, empaparme su piel, enjugarme los ojos, conjugarme sus labios. 

Suya es esta ira de saber que le pienso y estar lejos. Esto es tan inverosímil como los celos que se tienen los astros alejados por la gravitación y las fuerzas entre ellos. Hostigarme con esta necesidad, necedad, de al fin conocer, e ignorar, la fecha de su arribo.

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Acerca de Alejandro Zamora

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