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Papel celofan.

Te prefiero fría, con flores, con tus amigos rededor haciendo oraciones. Te prefiero sin hemorragia de sentimientos, violeta. Te prefiero violeta pero mía, te prefiero violeta antes que de otro. Te prefiero sin cabellos o de pastos canos, te prefiero de brillosa y amplia frente, pero mía. Te prefiero ensimismada como cualquiera. Te prefiero sin tinta, sin palabras, sin letras, sin escucha, sin uñas, hasta sin adjetivos te prefiero, pero no del mundo, sino mía.

Eternamente te prefiero, aunque seas la agonía de mis manos. Eternamente te prefiero y te idealizo como el verso más profundo, más puro, más exacto, mas nunca gris sino de los colores con que se pintan la víspera de tu venida. Te prefiero mediadora del ocaso, te prefiero como féretro de sonetos inconclusos, te prefiero como sello de anuncios olvidados. Te prefiero aún sin memas, con los labios acuñados. Te prefiero. Única te prefiero. Te prefiero más que estas palabras.

Eres de mis años, años calvos, la preferida. Eres las ganas de devengarle a los pecados esa miseria de ser pecado, la niña que recoge los duraznos, quien se aloja en cada tajo de acera que peregrino explorando, indagando, averiguando si soy de ti como tú de ti misma, pero al final mía.

Te prefiero simple, te preferiría más que con una duda que parezca el gallinazo de nuestro ulterior, te prefiero proxeneta de mi sombra, te prefiero antes inmóvil y llevarte a diario el té de la tarde, para vernos en ese lugar donde ya no vamos, y jugar a las cartas, y enamorarnos ahí a toda hora, porque no habría otra cosa más que hacer, si no enamorarnos más. Prefiero tu amar. Amarte aunque duela las centellas del ocaso, que duela a tal grado de llover plomo, que de los lagrimales me salgan los mismos ojos. Prefiero destetada mi vida de vida, que percibirte en praxis del olvido. Prefiero la nada contigo a acompañarme de todo y el vacío. Tú bien sabes del vacío. Prefiero de todo contigo hasta decesár. Qué vanidad la de la vida de morir junto a ti, qué envidia ser tu vida, preferiría ser tu vida.

Prefiero errar a tu lado, cabalgar a tu lado, caer a tu lado, vagar a tu lado, callar a tu lado, pero gritar tu nombre y gritarlo alto, gritarlo a todas direcciones cuando lleguemos a ese cruce. Porque la vida es un crucero donde no hay más gente que nosotros y podemos pasar a gusto las calles del ayer. Podemos hacerlo de tal manera, que al cruzar podría decir tu nombre estruendosamente,  bramarlo irreverentemente, por no habría ningún inconveniente. Podría hacerlo hasta que no quede espasmo entre tiempo y viento, y no quede ni el más fino grano de limo en duda de que eres el señero de mi senda, senda perfecta, una senda preferida a mitad de cualquier ayuntamiento y situación suicida. Hasta siendo polvo te prefiero. Sí, ya sabes cómo hacerme polvo.

Te prefiero mía en este regazo que te espera todo el día, aun cuando se proclame el egoismo un guerrillero corrompido en esta tierra compartida, te prefiero sin suelo, sin el mismo suelo que piso, pero mía, te prefiero mía. Te prefiero.

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Acerca de Alejandro Zamora

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