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El color de la piel.

“The storms are raging on the rolling sea
and on the highway of regret
though winds of change are throwing wild and free
You ain’t seen nothing like me yet…”

Te conocí bajo el cobijo de tu madre, por el mercado de la ciudad, entre voceadores de mercancía en una tarde llena de martillazos de obra negra, entre la utopía de mototaxis y un boulevard de distancias estremecidas. Llevabas aceite de canola en la mirada, la seriedad de los hombres ilustres, la piel del color de la piel de mi abuela, los rasgos íntegros de una tristeza constante y una autopista llena de sueños de caballos. Pasarían cuatro meses, un par de crímenes y la genuflexión de los versos adormitados, una suspensión temporal del olvido, todo esto para la aproximación y choque de un par de mantos a la defensiva. Tanto tú como yo llevábamos un lado izquierdo acompañado; pero ya ves cómo es esto del caos de vivir, una caída libre al abismo de las ambigüedades, las peripecias entre el día y la noche, el paraíso de las carcajadas impropias del diario fingir, el vaivén de los deseos atmosféricos y los besos a traición. Y quizás ayudó el hecho de que no creo en más destino que el que uno abre a mordidas para el sendero en espera de los algoritmos del tiempo, y quizás esto no sea del todo cierto. Fue en una noche fría de principios de enero que entré sonrisas de madrugada, sin darme cuenta, di muerte a una promesa que expiró entre mis dedos y huyó en un orificio que tenía el fondo de la bolsa derecha de mi pantalón. Y heme allí, escribiendo tu nombre en un cielo opaco de luna tibia, a la hora en que algún ayudante de Dios se debió haber olvidado de prender las constelaciones. Me llevaría dos meses más el encontrar respuestas a la fuerza, dos crímenes más entre casualidades y causalidades, a preguntas que nunca decidí hacer. Me bebí el corazón a cucharadas de ti, diarias, todas ellas nocturnas, religiosa e intermitentemente, sin encontrar bocanadas tirrias de descanso y actuando como quien arroja una moneda al aire, esperando que no cayese ni águila, ni sol. Aún no tengo cierto quién movió las piezas en este tablero, tampoco sé si estar agradecido o ponerme nostálgico por que en la siguiente jugada no tengo movimiento. La moneda que tiré aquella vez aún sigue en el aire y yo estoy parado aquí, con una canción de Bob Dylan dándome vueltas entre los dientes, apostando mi cabeza a que sea lo que tenga que ser, con los ojos cerrados

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Acerca de Alejandro Zamora

Más sobre mí en: http://about.me/alejandrozamora

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