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La saeta y el infame.

No quiero clemencia hacia mis juicios. Que si por justicia ha de caer mi corona, ya he abandonado antes mi reino; que se libere la furia y el relámpago, no llevaré ni polvo entre las patas cuando el tiempo sea tiempo; que se caiga el telón y los abismos, las mascaras, los enebros, mi cabeza. Con mi primer llanto quedé marcado por la saeta. Yo soy el infame. Soy yo quien agitó la bandera de paz, escalando la secuoaya, escondiendo la espada bajo la cota de maya. Yo soy el indigno. Enjugué mi llanto en pechos virgenes y cubrí con tierra mis victorias para que nadie pudiese poseerlas. No quiero el perdón ni por azar ni por la conciliación de antaño. Acaso la oscuridad, complice de los revuelos, sea quien me guie al destierro. Yo soy el dueño de los besos que arrebaté, nada devuelvo allende esta boca. Que se liberen mis designios volviéndome polvo, hasta entonces les queda la espera a quienes quisieron señalarme. Estoy hecho de sal hasta los meñiques. Yo soy el ignorante del significado del olvido.

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Acerca de Alejandro Zamora

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