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Crimen de madera.

Una barca. Soy. Simplemente, una barca soy. Abandonada. Excomulgada. Encaminada a los laberintos del azar ¿Qué me atormentará?
Se llenarán de agua mis bancas, cuando la tristeza me azote con las centellas de la mar.
¿Se borrarán acaso los versos como musgo, gravados con clavos, en esta proa malaventurada, decaida, cuando la gravedad y las olas devengan como siglos?
Tengo sed.
De palpar la arena de las playas estoy arrepentido. He aquí una barca, pequeña, con bandera de tirano. No habrá espacio en el portuario para los indignos. Suave morada es altamar. Amarga, como hiel, es la historia de los viajes que me han de faltar.
¡A estribor, a estribor! Ensimismadas las vueltas que he dar sobre mi propio eje.
No las olas si no el tiempo es el culpable de culpar. En este crimen son mis maderas la paradoja que incriminan a la vela.
Aun tengo sed.
No es facil reflexionar, queriendose mirar en unas aguas que no conocen de la calma, pero reflexiono ¡a pesar de la boca, no del beso que traiciona!
En la guerra del deseo contra el deseo, convoco a este destierro, transgresión del espejo contra el reflejo; el deseo tiene todo por ganar.
Ahora soy yo quien incrimina la madera.
Sed, te desconozco ahora.
Torbellino, orden, desorden, horas, ensimismadas horas.
También desconozco las horas.
El final de este viaje está a babor. Consume mi cenizas, virgen de la despedida, consagradora del ocaso; converge conmigo en el éter.

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Acerca de Alejandro Zamora

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