Sepultura en Do mayor.

Te perseguí una noche cruda en aquella chevy del 95′, sus cilindros crujían enardecidamente detrás del coche blanco en el que tratabas de huir de mí. Y aunque aquel auto era una porquería, sin dudarlo, nunca pude pisarte los talones de Barbie de los que siempre me burlé. Me despedí de ti en la puerta de aquel motel al cual siempre me negué a ir y tal parecía tu hogar. Me enseñaste, en aquella ocasión, la cara meretriz en la que se convierte el amor, que la libertad arde en las llamas azules del etanol, que la piel es tibia sábana para los amantes y que la noche es para la guerra, no para dormir.
Que la vida es esa canción que uno baila, 1 2 3 1 2 3, de narices contra el suelo.

El dedo chiquito del pie.

De las ocasiones en que disputé con el amor, por amor, en algunas perdí y en otras también. Pero en ninguna me he sentido tan vivo como cuando me dejo nockear por él a lo tarugo. Como cuando llueve en dirección opuesta de adonde uno se dirige y las gotas te pican la cara. Como el ventarrón que te hace comer el polvo. Como los insectos dándose topes contra las lamparas. Como los puñetazos a las paredes. Como embarrarse la cara en los pasteles de cumpleaños.
Uno sabe que no hay algoritmos para descifrar la dirección del amor, pero nadie nos dijo que en realidad el amor se aloja en el dedo chiquito del pie.

De ti.

Tratando de dejar de lado el estructuralismo literario y, enfocándome en la praxis de que la semiótica está a años luz de la semántica, haré mierda a la métrica para construirte y constituirte en un poema, el más puro e intrínseco de ti:

Tú.

Balada para tus tobillos.

Otrora es la cara de la indiferencia,
fluidez con la que se asemeja la partida
de mi cara con demencia y presencia
que rememora la pesadez por destilarme
a tu microfalda, inconsciencia tuya
por visitar a este seguidor de tus pecados
con plena ausencia de bragas, perfecta
ocasión para mirarte los labios, ínfima
vocación de tu voz, que también es la mía,
debajo del más perdido significante tuyo.
Pleno concordante que se vuelve locura
y ataduras a las manos para siquiera tocarte,
herraduras tuyas para atenerme al piso
con la cordura que me da la perspectiva
de lo alto que se ve tu alma, larga travesía
de las pantorrillas hasta la nuca, ciudad
que es tu espalda ante la necedad de mi boca
por aferrarse a batallar debajo del sostén.

De los titanes y de nosotros.

Somos sábados marinos. Somos días sin labor
“sin oficio ni beneficio” o un libro censurable.
Somos un pacto de renovación constante,
el cero maya, es mas, puede que seamos más
que un millón de toneladas de acero y hierro
apiladas al firmamento con nombre francés.

Somos un loco cantautor sin vicios ni payola,
un precipicio, una aserradora, el océano tóxico,
una metáfora inadmisible o quizás una calle vacía.
Creo que más bien somos el grito de una calle vacía.

Somos una marea certera y un eterno solsticio,
quizás mecánica primavera o versos por computadora.
Somos ese lugar ficticio en que en un solo día
se encuentran y platican todas, todas, las estaciones.

Somos un montón de tactos ficticios,
planes de guerra y paz a la medida.
Promociones inocuas de un dos por uno.

Somos, mar único, incauto, inaudito e idílico:
los días sin muerte, más que Lilith y Adán,
somos los titanes de la consumación estelar.
El veneno al filo del rocío en la rosa perpetua.
Nos bautizaron como los legítimos hijos de Dios.

Somos el apogeo de las bienaventuranzas,
nuestro camino está escrito en los cantares
y se reafirma, todas las noches, en una carta
que Pablo escribió a los Corintios.
Nuestro porvenir está plasmado en varias lenguas,
existen libros apócrifos de nuestros encuentros
y de los autores aún se desconoce paraderos.

De las arenas y los acantilados nace nuestro verbo
y de conjugarlo tantas veces nos aparecen los ojos.
¡Habría que ver lo que se tiene que ver!

Somos la carencia de significado y de signo;
somos aquellos intangibles de los que se burlan
filósofos empedernidos que nos buscan sin tregua.
Somos un puñado de números erráticos
y la contradicción textual de Woody Allen.
Quizás una narración catatónica del génesis.
Somos una palabra atascada en otra palabra,
tras otra, tras otra, tras otra, incansablemente.

Hemos sido un adiós interminable,
inadmisible, ilícito y no solicitado.

Lo que no somos es lo que nos define,
pero cuanto callamos habla por nosotros.
¿Qué es ello que callamos y no somos?

Todas estas son un montón de letras desperdigadas.

Papel celofan.

Te prefiero fría, con flores, con tus amigos rededor haciendo oraciones. Te prefiero sin hemorragia de sentimientos, violeta. Te prefiero violeta pero mía, te prefiero violeta antes que de otro. Te prefiero sin cabellos o de pastos canos, te prefiero de brillosa y amplia frente, pero mía. Te prefiero ensimismada como cualquiera. Te prefiero sin tinta, sin palabras, sin letras, sin escucha, sin uñas, hasta sin adjetivos te prefiero, pero no del mundo, sino mía.

Eternamente te prefiero, aunque seas la agonía de mis manos. Eternamente te prefiero y te idealizo como el verso más profundo, más puro, más exacto, mas nunca gris sino de los colores con que se pintan la víspera de tu venida. Te prefiero mediadora del ocaso, te prefiero como féretro de sonetos inconclusos, te prefiero como sello de anuncios olvidados. Te prefiero aún sin memas, con los labios acuñados. Te prefiero. Única te prefiero. Te prefiero más que estas palabras.

Eres de mis años, años calvos, la preferida. Eres las ganas de devengarle a los pecados esa miseria de ser pecado, la niña que recoge los duraznos, quien se aloja en cada tajo de acera que peregrino explorando, indagando, averiguando si soy de ti como tú de ti misma, pero al final mía.

Te prefiero simple, te preferiría más que con una duda que parezca el gallinazo de nuestro ulterior, te prefiero proxeneta de mi sombra, te prefiero antes inmóvil y llevarte a diario el té de la tarde, para vernos en ese lugar donde ya no vamos, y jugar a las cartas, y enamorarnos ahí a toda hora, porque no habría otra cosa más que hacer, si no enamorarnos más. Prefiero tu amar. Amarte aunque duela las centellas del ocaso, que duela a tal grado de llover plomo, que de los lagrimales me salgan los mismos ojos. Prefiero destetada mi vida de vida, que percibirte en praxis del olvido. Prefiero la nada contigo a acompañarme de todo y el vacío. Tú bien sabes del vacío. Prefiero de todo contigo hasta decesár. Qué vanidad la de la vida de morir junto a ti, qué envidia ser tu vida, preferiría ser tu vida.

Prefiero errar a tu lado, cabalgar a tu lado, caer a tu lado, vagar a tu lado, callar a tu lado, pero gritar tu nombre y gritarlo alto, gritarlo a todas direcciones cuando lleguemos a ese cruce. Porque la vida es un crucero donde no hay más gente que nosotros y podemos pasar a gusto las calles del ayer. Podemos hacerlo de tal manera, que al cruzar podría decir tu nombre estruendosamente,  bramarlo irreverentemente, por no habría ningún inconveniente. Podría hacerlo hasta que no quede espasmo entre tiempo y viento, y no quede ni el más fino grano de limo en duda de que eres el señero de mi senda, senda perfecta, una senda preferida a mitad de cualquier ayuntamiento y situación suicida. Hasta siendo polvo te prefiero. Sí, ya sabes cómo hacerme polvo.

Te prefiero mía en este regazo que te espera todo el día, aun cuando se proclame el egoismo un guerrillero corrompido en esta tierra compartida, te prefiero sin suelo, sin el mismo suelo que piso, pero mía, te prefiero mía. Te prefiero.

Segundo mandamiento.

La mujer mas importante de mi vida fueron siempre tres personas, personajes enajenados con falda y carmín en la boca. Siempre osaron llevar su nombre como estandarte y era el mismo que Dios usaba para presentarse a sus audiencias. Jamás ahora lo uso en vano. Eran la misma mujer que ondeaba tres veces la bandera y eran la misma, también, que por mi culpa se llenó de mierda las manos. Les gustaba saber que yo era suyo y le gustaba tenerme entre sus dedos, que me escurriese por entre sus hendiduras. Es la única, entre todas las mujeres, que conoce mi verdadero nombre, me hace gritarlo lastimosamente, berrearlo a quemarropa; me hace tirarlo por las calles y hace, incongruentemente, que mis lenguas besen la tierra y que al tiempo de los besos, de estos, florezcan versos monocromáticos. De su pubis nace la muerte y perece toda sensibilidad, estabilidad, inefablemente es bienhechora de Babel; la erradicación del subconsciente, creadora de estirpes hechas con Clonazepán. Ella es simple, cual caminar firmemente y cegado, sin causa pero sin prisa rumbo al caos. La mujer más importante de mi vida fueron siempre tres personas, renacen en los holocaustos y se transforman en canción helada por que las alas les quedan cortas o por que los tiempos se les vuelven fríos. Su nombre acribilla casi toda madrugada, me saben a polvo, su amar es un arte de guerra perdida, son insinuosas y frugales,por ende fugaces, como olvidar estas lineas insidiosas cual sangre dormida. Todo vuelve y nada regresa a los mismos lugares. Ella no tarda en llegar… o en que lleguen.

Arribo.

Abrirme el corazón con unas tenazas, hundirle, perforarme el tórax a favor de los nombres, verterme las naves a la boca cual cáliz menester y presuroso, insaciable. Joderme el alma por capricho, enmarañame el futuro con su risa, resquebrajarme las manos en su cabello, atrevimiento sonoro y pueril. Podrirme, ebrio y enfermo del éter, hastiado de andar entre nubarrones. Orillarme a blasfemar sobre el olvido, empaparme su piel, enjugarme los ojos, conjugarme sus labios. 

Suya es esta ira de saber que le pienso y estar lejos. Esto es tan inverosímil como los celos que se tienen los astros alejados por la gravitación y las fuerzas entre ellos. Hostigarme con esta necesidad, necedad, de al fin conocer, e ignorar, la fecha de su arribo.

Reforma.

Transtorno quimérico, somnífero engendrado por pesadillas periféricas, incesante abdicación de segundos astronómicos trastabillando, atrevidos, contemplando tu sienes antagónicas o tus labios transoceánicos. Palabrerías económicas como semidescripciones inequívocas e incesantes, transparente intrusión sumisa de revolución precaria, lógica nostalgica, oraciones contagiosas, arrepentimiento intravenoso y melancólico, conjugaciones monosilábicas y respuestas homogéneas casi insonóras; resumiendo: más, hoy, yo, no, y, tú, sí.

De los tratados modernos.

Incluso en estos tiempos, los condenados tiempos contemporáneos, siguen vigentes leyes antiguas y represoras, indignas a nuestros pueblos; pues nos negamos a desecharlas, por costumbre o por inanición, qué sé yo;  aun a sabiendas innecesarias y a injusticias taciturnas. Lo sabemos, es un secreto a voces y es nuestra propia guerra bajo las sabanas. Nos regalamos artículos babilonios de hace casi 4 000 años, leyes de Herodes, en las que o chingas o te jodes; seguimos a pie de letra lo que se enseña de cuna. Si Dios aplicara lex talionis todos saldríamos corriendo a respirar por un milagro.